«Hace unos años, Sarita estuvo en mi oficina, trenzas y más trenzas, ojos de claro café (que se convertían en verdes con la luz de la mañana), un delantal azul de cuadros con pequeñas flores, cuaderno de palitos y bolitas, lápices de colores, seis años, sonrisa suave y cordial.
Le conté, con cautela para evitar que se quebrara, que a su joven mamá le habían disparado por la espalda, un poco después de que se despidieron esa mañana, probablemente para advertirle a su papá ausente, y en prisión, sobre la discreción que debía guardar con respecto a algunos negocios ilícitos relacionados con el narcotráfico»