¿Por qué leer Tren a Samarcanda?
Las últimas páginas de la novela es una alabanza a la identidad rota de niños que les han hurtado el juego, la imaginación y el futuro en medio de la guerra.
Déyev examinó aquellos rostros y fue consciente, de repente, de que conocía a cada uno por su nombre. Y ese conocimiento valía tanto para los de Kazán incluidos en la lista como para todos los chiquillos que había ido recogiendo en el camino.
El Profesor Oxidado, El Férreo Pip, Cuca, Griga el Desorejado, La Flaca Djamal […]
Y por más de cinco páginas, al final del libro, desfilan nombres y nombres de niños supervivientes a los adultos en guerra, en revolución, en fuego, en crueldad inexplicable.
La novela se desarrolla en la Rusia posterior a la Revolución de Octubre, en el otoño de 1923. La autora retrata la travesía de un grupo de niños huérfanos y desamparados que deben ser trasladados desde Kazán hasta Samarcanda (Uzbekistán) para salvarlos del hambre, las epidemias y la violencia. La historia está inspirada en hechos reales: las evacuaciones masivas de menores organizadas por el régimen soviético en la década de 1920.
Samarcanda se presenta como un lugar de salvación, pero también como un símbolo de la distancia entre lo que la infancia debería ser y lo que la guerra destruye de ella. ¿Qué significa crecer cuando todo alrededor es muerte? La novela muestra que la guerra no solo mata cuerpos, sino que devora infancias, extingue futuros.